Diamantes, amor y amistad
Ya lo cantaba Marilyn Monroe, “los diamantes son los mejores amigos de una chica”. Y, si bien ese extremo podría ser género de interminables discusiones, de lo que no hay ninguna duda es de que el diamante continúa siendo una de las gemas más preciadas y deseadas, así como de las más solicitadas en las joyerías.
Aunque nos parezca que el vínculo entre los diamantes y el amor verdadero provenga de la antigüedad, lo cierto es que no surge sino a partir de la primera mitad del siglo XX, como consecuencia de una agresiva campaña de publicidad de una empresa de joyería que popularizaría el célebre eslogan “un diamante es para siempre”.

Diamantes para la eternidad
No importa, en cualquier caso, la razón por la que nos gustan los diamantes, el hecho es que es una piedra preciosa de gran valor que adorna cualquier joya y que se ha alzado de entre las más cotizadas hasta alcanzar el número uno. Así, en los joyeros de todo el mundo se pueden encontrar brazaletes, collares o pendientes de diamantes de gran belleza y elegancia, joyas que pasan de generación en generación gracias a que a su innegable estética se une una incomparable dureza y resistencia. Eso sí, para lograr hacer de una joya de diamantes una herencia familiar habrá que seguir unos mínimos consejos de conservación.

La pureza del diamante
En primer lugar, siempre se recomienda guardar la joya en lugar seguro, a ser posible en su propio estuche o en un joyero de calidad. Conservarla como mínimo en una bolsita de tela garantizará una mayor protección contra rayaduras y golpes accidentales. Dada la dureza de esta piedra, se recomienda no guardarla junto a otros diamantes, ya que sería lo único que podría romperla.
El diamante suele estar engarzado en metal noble: evita emplear productos químicos que puedan alterar su color o estructura, así como llevar puesta la joya al tiempo de efectuar trabajos duros o violentos: un golpe mal dado puede llegar a romper las uniones y soldaduras.
El purísimo cristal del diamante puede llegar a lucir apagado y triste si no lo limpiamos con regularidad: para ello bastaría con un poco de agua jabonosa y un paño, aclarándolo luego con abundante agua y secándolo y abrillantándolo con otro paño limpio y seco. Eso sí, antes de proceder a su limpieza no dejéis de comprobar que no hay piezas sueltas y, si vais a hacerlo en el lavabo, por favor, por favor, comprobad que el tapón del desagüe está puesto.
En resumen: a las joyas escogidas con amor, trátalas con el mismo cariño.
 

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